Desde pequeñito he sentido una enorme admiración por toda esa gente que acepta su destino, sea el que sea.
Y mucho mayor era la admiración en virtud de cuán malo fuera dicho destino.
En películas, y seguro que en la realidad también, muchas personas eran condenadas a muerte y eran ellos mismos quienes se acercaban a aceptar su destino, con resignación, pero también con obediencia.
Es curioso que, creas o no en el destino, también termines aceptándolo. Todos lo hacemos. Incluso por aquellas cosas por las que prometimos no arrodillarnos, terminamos incando la rodilla en el suelo.
La condena a muerte hoy en día ya no es la soga o la guillotina, es todo aquello que día a día toleramos.
La definición de tolerar es, a grandes rasgos, que sabes que hay algo que no está bien pero lo aceptas, porque aceptarlo es más sencillo que luchar contra ello.
¿Para eso estamos aquí, para tolerar ese tipo de cosas?
Llega un momento en el que no solo las toleramos, sino que ligamos a ello nuestro propio estado de animo.
Pensemos con cordura, pensemos. ¿Vamos a tolerar que un mísero examen, una prueba médica, una reunión o lo que sea, da igual, nos amargue la vida?
No hay comentarios:
Publicar un comentario