Hace muchos, muchos años, la diosa de la sabiduría, las artes y las técnicas de la guerra, quiso venir a Madrid. Se dice que fue hacia 1919 cuando decidió quedarse en uno de los rincones más bonitos de la capital, custodiando entre otros el Banco de España, el Cuartel General del Ejército, el Palacio de Telecomunicaciones o el emblemático edificio de la Metrópoli.
La leyenda dice que tiempo antes la diosa había contactado con Antonio Palacios, el arquitecto de alguno de los anteriores edificios, pues quería que le construyera uno para ella. Quería un lugar especial desde el que poder ver toda la ciudad: el parque del Retiro, el famoso Museo del Prado, la pequeñita estación de Atocha o la encantadora sierra de Guadarrama.
Pero no fue tarea fácil. Al experimentado y famoso arquitecto no hicieron más que ponerle pegas, y no fueron pocas. Lo peor llegó cuando hubo una que hizo que se tambaleara todo el proyecto: la altura del edificio. Era demasiado alto, rompía la dinámica de la zona y por tanto sus planos no eran viables.
Frente a las anteriores adversidades el veterano arquitecto había tirado de casta para poder solventarlas. Sin embargo, después de largas noches sin dormir, dándole vueltas y vueltas, no supo cómo sortear esta.
No obstante, acudió a la diosa Minerva. En primera instancia le contó que no le iban a dejar construir el edificio porque era demasiado alto. Antonio no buscaba milagros sino soluciones para poder darle vida a ese proyecto del que tan orgulloso se sentía porque hubiera caído en sus manos. Había estado meses revisando los planos y hablando con decenas de abogados para recurrir la sentencia municipal que le privaba de tan preciada licencia, pero su esfuerzo no había encontrado recompensa.
Y como si por arte de magia se tratara, la diosa le propuso una solución que fue clave.
Tan pronto como amaneció, Antonio fue al Ayuntamiento pues no quería desperdiciar ni un solo segundo más.
-¿Qué quieres Antonio?- dijo con desgana la funcionaria que le había despachado las otras tantas veces.
En los ojos de Antonio bailaban al compás la felicidad y la ilusión.
-¡Declararemos el edificio como centro de protección de las Bellas Artes!- Tal era su entusiasmo que no se dio cuenta de que estaba hablando muy alto y toda la sala se había girado para observarle. Cuando volvió a mirar a la funcionaria, le había cambiado el rostro por completo. Parecía que le hubiera contagiado su alegría mediante esas palabras. Acto seguido empezó a buscar papeles, y libros, a abrir cajones, carpetas y archivadores. Sin mediar palabra llamó a su jefe y ambos, tras un buen rato revisando todos aquellos planos, papeles y libros, levantaron la cabeza con una enorme sonrisa.
En cuanto le otorgaron la deseada licencia fue encantado a ver a la diosa. -Hace casi dos años- dijo -¡pero al fin lo hemos conseguido!-. Sus palabras eran felicidad en estado puro. -En cuestión de meses empezarán las obras-.
Finalmente, en 1926, y tras cinco largos y duros años de obras en el centro de la capital, el edificio estaba acabado. Antonio fue a buscar a la diosa de las Artes cual niño pequeño que ha hecho un dibujo para su padre. -Deja que te enseñe tu nuevo hogar- le dijo.
El arquitecto aún no daba crédito, cuanto más pensaba que se encontraba en la azotea de su nueva gran obra con una diosa, más loco se creía que estaba. -Es un edificio singular- comenzó tras un largo rato de silencio. Con impaciencia observaba a Minerva quien no paraba de escudriñar cada uno de los rincones de su Madrid, disfrutando como una enana- con líneas modernas pero también con un toque clásico- prosiguió -de la época helenística concretamente-. Antonio seguía narrando y describiendo hasta que la diosa se giró y le miró directamente a los ojos.
-¿Conoces a Gerardo Diego?- le preguntó.
-Ehh... Me parece que el año pasado fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura, ¿no?- Antonio buscaba en aquel pálido y bello rostro un ápice de complicidad que le diera la razón.
-¿Y a Pedro Salinas? ¿Rafael Alberti? ¿Federico García Lorca?- le preguntó.
-Sí, sí, sí. Alguno me suena, son... son jóvenes literatos. Dicen incluso que serán las promesas de este siglo-. Respondió Antonio.
-En apenas unos meses se celebrará el tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora- con más sosiego que antes, y volviendo a mirar el precioso paisaje que tenía ante ella, comenzó a hablar de nuevo- Y José María Romero le realizará un homenaje en el Ateneo de Sevilla. Allí acudirán varias de las que has denominado 'jóvenes promesas'-.
-Lo siento, pero me he perdido- le cortó Antonio. -Hemos conseguido terminar el edificio, no se me ocurre nada más en lo que poder ayudarte-.
-Me gustaría que fueras a Sevilla. Allí estará Juan Ramón Jiménez y le invitarás a venir a Madrid, a ver tu nueva obra-.
Antonio era un gran intelecto donde los hubiera, pero no entendía nada de lo que pasaba.
Pasaron los meses, le llovieron premios y halagos por su nuevo edificio, y llegó mayo, mayo de 1927, el tercer centenario del aniversario del fallecimiento de Góngora.
Sin saber exactamente por qué, Antonio viajó a Sevilla. Allí fue testigo del impresionante homenaje que se le realizó al literato del Siglo de Oro, y conoció a Juan Ramón Jiménez. No supo exactamente cómo lo logró, pero terminó convenciéndole para que visitara Madrid.
-Es un gran edificio, una línea exterior magnífica- comentó Juan Ramón. Le enseñó todas las plantas del edificio y dejó lo mejor para el final: esas vistas a las que la prensa había denominado como: "capaces de quitarle el hipo a cualquiera".
Y allí arriba estaban, solos, hipnotizados completamente por el bello paisaje madrileño. Misteriosamente dejaron de ser dos para pasar a ser tres.
-Vivimos una época de renovación, de cambios sociales y también políticos- comenzó a hablar la diosa Minerva. Juan Ramón se sorprendió, no esperaba a nadie allí. -Estos cambios han de ser plasmados por alguien, alguien que le enseñe al pueblo lo que ocurre, que le demuestre que ellos son la esencia del país y que sin ellos el país no es nada. Me gustaría que tú, Juan, fueras el encargado de unirlos-. Más allá de la idea que acababa de aportar, a Jiménez le sorprendió que supiera su nombre. Seguía completamente obnubilado. No sabía quién era ella, ni qué hacía ahí. -Hace ya ocho años que le pedí a Antonio que diseñase este edificio para mí, eso fue lo que le dije. Pero no es para mí, es para ti, y para ellos, es para todos esos que te van a acompañar en este viaje literario que quedará grabado en los libros, y que marcará un antes y un después.
Al día siguiente, Juan Ramón envió un telegrama a todos y cada uno de los nombres que la diosa le había dicho: Lorca, Alberti, Salinas, Gerardo Diego, Aleixandre… Les convocaba en un mes a una reunión en un salón de la séptima planta. Apenas hubo detalles en el telegrama pero sorprendentemente, acudieron todos, expectantes.
-No puedo comenzar sin presentaros antes al artífice de este edificio, Antonio Palacios. Antonio, yo no soy arquitecto pero dime, un edificio de estas características debe tener unos buenos cimientos, ¿no? Porque son más de siete pisos. Cada uno de los pisos de este edificio tiene un significado. El sótano, aunque parezca el más insignificante, es el más importante, es el de la educación. Aunque no lo creáis, nosotros formamos un grupo, pertenecemos a una generación que va a cambiar las cosas, y este, este será nuestro hogar.
¡Ah, mortales! No, nunca;
desnuda, nunca vuestra.
Sobre la piel hoy ígnea
miradla, exenta: es diosa. (Vicente Aleixandre)
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