San Ignacio de Loyola recibió un cañonazo en combate hace muchos, muchos años. Tuvieron que operarle, sin anestesia por supuesto, para curar las heridas. Después de todo el proceso de curación, se dieron cuenta que la operación no había salido también como esperaban y había quedado una pierna más larga que la otra.
Os preguntaréis por qué os estoy contando esto, pero es que si San Ignacio quería volver a andar normal, tendría que superar una operación aún más dura de la que le habían hecho ya. No se lo pensó dos veces y dijo que quería volver a andar normal.
El daño no estaba por fuera, el daño había quedado atrapado dentro. Su situación era infinitamente peor que la de nadie que conozco, pero el daño era reversible con una dura y larga operación. Sin embargo, muchas veces, son más difíciles de llevar las curas que no se ven, que no son físicas, que no se solventan con una operación.
Ojalá sí que fuera así y con una sola cura se pudiera cambiar todo el desastre; sé de más de uno que pagaría lo que fuera por esa cura, pero no la hay y no la va a haber.
Tampoco hay ninguna pastilla que vaya a conseguir que esas cicatrices desaparezcan, son tuyas y están ahí para recordarte los motivos de tu lucha, para recordarte que eres fuerte y que la rendición no es solución.
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