miércoles, 22 de julio de 2015

Crónica de una caída anunciada


El tiempo no pasa igual para todos, ni para todo. Cinco segundos pueden pasar muy rápido o pueden hacerse eternos.

Y no nos paramos a pensarlo, pero cinco segundos pueden suponer una gran diferencia y ser trascendentales, sólo hay que verse involucrado en una situación así.

Cuando te juegas la vida y no eres consciente de ello, cinco segundos son los que tienes para decidir tu destino. Mi decisión fue arriesgarme.

En eso apenas tardas medio segundo porque bajando a setenta kilómetros por hora todo va demasiado rápido.
Te quedan aún cuatro segundos y medio. Esos son los que van dedicados a averiguar posibles alternativas a la arriesgada decisión que has tomado, pero te das cuenta de que con la bici, a esa velocidad, poco puedes hacer ya.
Sin embargo, aún quedan segundos para ponerse a rezar; sabes que si se cumplen tus peores predicciones, te van a hacer falta esos rezos.

A continuación, todo va muchísimo más rápido que antes; el bache, el tubular que se sale, las peripecias para evitar la caída, el caballito, el miedo latente, la propia caída...

Todo se torna confuso. Lo importante ahora es valorar los daños, pero la adrenalina te juega una mala pasada y bloquea todo tu cuerpo, y tus sentidos, pero no el dolor. Sólo sientes dolor pero no sabes de dónde viene, sólo sabes que duele.

Los cinco segundos de antes se pasaron en un abrir y cerrar de ojos, pero ahora cada segundo es una eternidad. Los que lo han visto se acercan, te preguntan cómo estás, pero con verte se responden.
Al fondo oyes el sonido de las sirenas, no sabes cuánto tiempo llevas allí, no sabes si pensar si ha sido una eternidad o cuestión de unos pocos minutos.

Lo que viene a continuación también es confuso; mucha sirena, policía, ambulancias...

En esos momentos se te vienen muchas cosas a la cabeza, pero no puedes pensar con claridad. Todo es confuso, la adrenalina te sigue jugando una mala pasada.

El reloj sigue estropeado; lo que son cinco minutos parecen cientos, y lo que son diez, resultan pesar por miles.

Sin embargo, no paras de darle vueltas, quizá es eso lo que hace que el peso del tiempo te aplaste. Tratas de recordar qué ha pasado, imaginas lo que hubiera ocurrido si no te hubieras arriesgado y maldices a todo pues si pudieras volver atrás cambiarías todo lo acontecido en esos cinco segundos.

Cuando te dicen que te caes para volver a leantarte te imaginas un camino llano y una piedra que te hace dar un traspié, nunca una caída en la que ni te puedas mover y sólo respirar sea todo un logro.

Lo intentas, no lo consigues. Fallas. Da igual. Levantate otra vez. Vuelve a intentarlo. Falla de nuevo. Falla mejor.

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