Cuando tienes un vaso frente a ti tienes dos opciones, verlo medio vacío o medio lleno.
A menudo, verlo de una manera o de otra va directamente ligado a cómo veas el resto de cosas.
No debería ser así porque una sucesión de malas rachas no significa que por siempre las vaya a haber, pero cuando sufres en tus propias carnes los duros golpes y pruebas el sabor de la desesperación, todo se ve desde un punto de vista diferente.
No debería ser así porque una sucesión de malas rachas no significa que por siempre las vaya a haber, pero cuando sufres en tus propias carnes los duros golpes y pruebas el sabor de la desesperación, todo se ve desde un punto de vista diferente.
Sin embargo, hay ocasiones en las que llegan rachas buenas. Objetivamente hablando, son rachas buenas y al principio lo lógico es dudar de su veracidad e incluso resulta natural buscarle algún fallo porque aquí no sirve este refrán de 'a caballo regalado no le mires el diente'.
Pero no, no hay sólo dos opciones de cara al vaso; existe una tercera, una tercera que es la escapatoria de muchos y el milagro que no llega de otros.
Y no llega porque no es una opción que se presente, hay que ir tras ella, hay que luchar por ella, hay que ganársela.
Y no llega porque no es una opción que se presente, hay que ir tras ella, hay que luchar por ella, hay que ganársela.
Esa opción consiste en no mirar al vaso; dejar de pensar en la cantidad que lleva dentro y vivir la vida sin pensar en teorías absurdas que sólo sirven para amargarse por dentro y dudar de si lo que se está haciendo es lo correcto.
Olvídalo, rompe los esquemas y sal a disfrutar de la vida porque terminas dedicando tus insomnios a problemas que no merecen la pena, y cuando lleguen las cosas que sí la merezcan, tendrás sueño.
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