sábado, 18 de julio de 2015

El santo

Y me paré al ver aquellos ojos llenos de inocencia.

Conmigo también se paró el mundo para observar cómo una simple mirada podía encerrar tanta ternura.

Nuestros ojos no se cruzaron, pero no hizo falta porque rebosaban la mayor inocencia que he visto en mucho tiempo.
Ni si quiera los ojos de un niño serían capaces de reflejar tal naturalidad, tanta pureza concentrada en un gesto simple pero profundo.

Lo mismo se trataba de alguien que con creces superaba los cuarenta años, pero, ¿acaso hay edad para ser buena persona, para ser un santo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario