Me contaron hace mucho tiempo una historia. Érase una vez un matrimonio feliz, que llevaban casados muchos, muchos años. Hace tiempo tuvieron una hija, estudiosa e inteligente.
No logré comprender muy bien por qué, pero el matrimonio se separó. Fue ella quien pidió el divorcio, al principio para vivir el momento, luego de fue a vivir con otra mujer. La niña se quedó con su padre, afligido, como es normal.
Poco a poco rehicieron sus vidas, cada parte por su lado, y el padre encontró una pareja. Ambos, tanto la niña como él encontraron de nuevo la ilusión.
Sin embargo, no es esto lo que más me llamó la atención de la historia, sino una conversación que tuvo la hija con la nueva novia.
Un día se quedaron solas las mujeres, viendo una película, mientras el padre volvía de trabajar. Por lo visto, la película debía pertenecer al género romántico y la joven, adolescente por aquel entonces, se quedó pensando en ella. Poco después de dirigió a Susana, la novia, y le dijo, "¿Tú te has dado cuenta de que todas esas cosas bonitas que salen en la película, las hace mi padre? Todos esos pequeños detalles, todos esos pequeños sacrificios... Sin ánimo de ofender, pero no sé por qué mi madre se quiso separar de él".
Hay veces en la vida en las que ocurren cosas que puede que no entendamos, que no nos gusten y en las que maldigamos a a vida por el hecho de que esto nos haya tocado a nosotros. Algunos lo llaman karma, otros dicen que es el tiempo el encargado de poner a cada uno en su lugar. Sea como fuere, siempre hay motivos para sonreír y seguir para delante. Lo pasado, pasado está, no hay por qué hablar de ello.
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