domingo, 23 de agosto de 2015

La luna

Te lanzó una mirada, la primera mirada; una de esas que te eclipsa por completo; una de esas que enamora; una de esas que sin necesidad de palabras, lo dice todo; una de las que atraviesa la oscuridad para enviar un rayo de luz donde ya no queda esperanza.

Fue una de esas que te dejan con ganas de más porque, ¿qué puede ser más bonito que la bella luz que desprenden tus ojos al verla?

Pero ahora que lo pienso, quizá no fue su mirada, sino cómo te miraba, y cómo la mirabas. Aquella unión no era normal, no era propia de este planeta, más bien parecía un milagro. Conectásteis desde el primer momento, fue mutuo. Ella en ti dejó una huella, porque a pesar de que se esconde cuando la verdadera luz sale, sigue ahí, aunque no la veas, esperando ansiadamente el reencuentro.
Dejó en ti mucho más que una huella porque no sólo fue una mirada. Te enganchaste, conforme desaparecía del horizonte ya ansiabas volver a verla. 

Nunca lo supiste, pero ella también deseaba poder volver sólo para verte.


Y tras la primera llegó la segunda, y más tarde la tercera. Tú mismo te sorprendías, no dabas crédito; ella tenía algo, tiene algo que te llena, que evoca en ti sensaciones que creías que no volverían jamás.

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